viernes, 23 de agosto de 2024
miércoles, 1 de mayo de 2024
Las fiebres de úkitah
“Manuscrito
descubierto en el diario del desaparecido Jacob Callen”
Escribo
estas temblorosas e irregulares líneas en las hojas de mi viejo y confidente
diario. Ya sé que me queda poco tiempo en este pútrido, decadente y vetusto
mundo. Y a los dioses doy gracias por ello y de que por fin esa hora esté
cerca. Mientras escribo, miro con repugnancia e incredulidad los restos de la
que una vez fue mi mano derecha. Y digo bien, oh sí, esta maldita fiebre está
cambiando tanto mi mente como mi cuerpo. Lo que antes era el cuerpo fornido y
esbelto de un trabajador que se dedicaba a sus tierras para sacar su sustento
honradamente, ahora es una especie de masa informe y reptante llena de pústulas
eclosionadas y trozos de piel jironados. ¡Maldito sea el día en que aquel
hombre foráneo llegó a la aldea de Úkitah! ¡Maldito sea!
Me
cuesta escribir, pues como os digo, lo que una vez fue mi mano ya no lo es.
Pero haré un esfuerzo. Daré al mundo testimonio y fe de cómo aquel extraño
hombre trajo consigo esta insólita fiebre que ha asolado casi por completo mi
humilde aldea. Ahora recuerdo bien a los Thompson, los Hammill, los Sallow, los
Berrycloth… tantas y tantas buenas personas… Y sí, digo bien cuando me reafirmo
en decir que esta fiebre casi ha acabado con toda señal de vida humana en la
aldea, puesto que yo soy el único que queda aún en ella. Pero no falta mucho ya
para que me marche también.
Como
os digo, la fatalidad cayó sobre nosotros cuando ese extraño extranjero
apareció. El día que llegó, formó un gran revuelo debido a que no era costumbre
recibir a forasteros por Úkitah, una aldea tranquila y alejada de otras tierras
circundantes. Llegó caminando, solo, únicamente acompañado de un pequeño
maletín de color poco usual y de singulares formas. Perfectamente ataviado, el
hombre vestía un reluciente y peculiar traje oscuro, aunque lo que más llamaba
la atención era su perfecto e inmaculado sombrero de copa negro. Al llegar al
centro de la aldea, donde se encontraba el pozo de agua que daba sustento a
toda la pequeña población, el hombre se paró. Abrió su pequeño maletín y
extrajo un diminuto y raro objeto. Tenía forma de una especie de vaso, pero el
color, al igual que pasara con el maletín, era extraño y, además, parecía
tallado de una piedra muy peculiar y no conocida, por lo menos por el que os
escribe estas líneas. El susodicho, con la mano izquierda, dio un gran tirón de
la cuerda que sujetaba el cubo que nos permitía sacar aquel líquido y, casi sin
esfuerzo alguno, extrajo del pozo el cubo rebosante de agua. Metió el inusual
vaso dentro del cubo y lo rellenó con el fresco y cristalino líquido vital. A
continuación, se acercó el vaso a la boca y sin más, procedió a beberla. Tras
hacerlo, deslizó lentamente la cuerda que aún sostenía con su mano izquierda y
devolvió el cubo de nuevo a las profundidades del pozo. Acto seguido, sacudió
el vaso de piedra para quitar los restos de agua de su interior y volvió a
guardar en su maletín tan extraordinario objeto, no sin antes secarlo con un
pañuelo con esmero y dedicación. Hecho esto, se dio la vuelta y empezó a
caminar y caminar, hasta perderse en dirección al bosque. Esa fue la primera y
la única vez que alguien de la aldea vio a ese hombre.
En
los días venideros, la vida en Úkitah siguió de manera normal y monótona. Los
hombres trabajaban la tierra y cuidaban del ganado, las mujeres atendían a los
hijos y preparaban la comida, los niños correteaban y jugaban por la aldea…
Hasta que un día, la niñita de los Hammill, Eden, enfermó gravemente. Su padre,
un buen hombre y muy trabajador, me dijo algo sobre una extraña fiebre que le
había entrado y que la tenía en cama. Pasaron unos cuantos días y le volví a
preguntar al señor Hammill por el estado de su hija. Para sorpresa mía, me
contestó de feas maneras y me mandó al diablo. Me quedé estupefacto y anonadado
pues no era hombre de tan grosera educación.
Volvieron
a pasar varios días más, creo que un par de semanas, y llegó a mis oídos que la
pequeña Eden había desaparecido sin dejar rastro alguno. Bueno… En cierto modo
sí que dejó un rastro. Un extraño rastro de babas, líquido pegajoso y de trozos
de piel. Aquel inhóspito vestigio indicaba que lo que pululó por él, se dirigió
inequívocamente hacia el bosque. Muchos fueron los hombres que se organizaron
para hacer batidas en aquel frondoso terrero para encontrar a la pequeña o, en
el caso más desgarrador, hallar su cadáver, aunque todo hiciese indicar que
sería esto último. Muchos fuimos los que buscamos por aquel bosque durante
horas, pero solo unas inexplicables palabras salidas de la boca del señor
Hammill, me hicieron sentir un escalofrío que me recorrió la espalda. Las
palabras exactas fueron que jamás la encontraríamos. Casi sin que diese tiempo
siquiera a pestañear, varios hombres se dirigieron hacia él con intención de
atraparlo, debido a que aquellas palabras suyas parecieron una inculpación en
toda regla, la cual, daba como culpable de la desaparición de la pequeña Eden a
su propio padre. Pero el señor Hammill fue más rápido que todos esos decididos
hombres. Sin que nadie lo esperara, sacó un cuchillo que guardaba al cinto y se
rajó el cuello, al mismo tiempo que balbuceaba ensangrentado que no sabía en
qué diablos se había convertido su hija.
Esas
palabras retumbaron fuertemente en mi cabeza con el discurrir de las horas de
ese fatídico día.
Y no
fue hasta un par de días después, cuando todo empezó a tornarse más misterioso
y perturbador. Esta vez fueron la señora Sallow, el señor Thompson y el hijo de
este, quienes desaparecieron también tras dejar unos inquietantes y pringosos
rastros, no sin antes sufrir de las extrañas fiebres que estaban castigando la
aldea. Otro hecho singular fue el que le ocurrió a la señora Rendell. La señora
Rendell era una mujer anciana, si no la más anciana de la aldea. Mujer de
muchos años, vivió felizmente durante toda su vida en Úkitah junto con el señor
Rendell, el cual ya falleció hace tiempo debido a una herida mal curada sufrida
durante el trabajo. El caso es que la anciana, tras los sucesos anteriormente
mencionados, salió una noche de su casa en camisón, gritando y corriendo sin
rumbo como alma que lleva el diablo. Una vez que todos los vecinos estuvimos
fuera de nuestras casas debido al gran alboroto formado por ella, la observamos
con horror, al mismo tiempo que caía desplomada al polvoriento suelo. Rápidamente
el señor Sallow y yo, fuimos en su ayuda. Tras voltearla, el señor Sallow la
soltó enseguida debido a lo que vio. La señora Rendell estaba muerta. Pero no
solo eso, además, tenía la piel abierta, como hecha jirones, y gran parte de su
cara estaba cubierta de pústulas sangrantes que estaban empezando a eclosionar
soltando una especie de pus maloliente y espesa.
Pero,
sobre todo, lo que aún recuerdo a día de hoy y recordaré siempre, fueron las
palabras que me dijo el señor Sallow. Me dijo que su piel ardía, que ardía
tanto que quemaron sus manos. De nuevo aquella maldita fiebre.
Fue
ella, La señora Rendell, la persona más anciana de toda Úkitah, el único
cadáver que se pudo enterrar junto a la iglesia a causa de estas miserables
fiebres. Cosa curiosa y peculiar…
Fue
entonces, cuando los ya escasos cabezas de familia y adultos de la aldea, nos
reunimos en conclave para intentar dar luz a tan inexplicables sucesos. Y sí,
fue en esa reunión donde todos coincidimos en que aquel cetrino y alargado
extranjero, trajo consigo aquel mal. Pero sobre todo aquellas inexplicables
fiebres que hacían a las personas enfermar de forma tan violenta.
Rápidamente actuamos. Derrumbamos y tapamos el
gran pozo de agua que construimos entre unos cuantos hombres de la aldea
décadas atrás. Daba igual. Había que erradicar este mal. Ya buscaríamos otra
fuente de agua potable de la que suministrarnos. De algún modo, ese hombre lo había envenenado
con aquel vaso de color y material poco comunes, y con ello el agua que bebía
toda la aldea haciendo enfermar a sus gentes. ¿El motivo? No lo sé. ¿Acaso el
diablo necesita un motivo para hacer el mal? ¿Acaso las desgracias no ocurren
porque sí? ¿No somos meros peones en un mundo donde fuerzas que no conocemos
nos hacen bailar a su antojo?
Ahora
ya poco importa todo. En un breve periodo de tiempo, el resto de las personas
que vivían en esta pequeña pero agradable aldea se fueron yendo casi por
completo. Habían desaparecido. No había cadáveres, solo un rastro pringoso y
espeso de babas verdosas y azuladas salían de las casas destino al bosque. Uno
tras otro, todos se fueron marchando. Siempre lo mismo. Siempre de la misma
forma…
Fue
una noche, la noche que contaba diez días después de la luna llena, en la que
empecé a no encontrarme bien y oí una especie de cánticos provenientes del
bosque. La noche era agradable y clara. Los chotacabras graznaban en la lejanía
del bosque y en la ya casi extinta aldea. Aunque unas grandes fiebres se me
empezaban a manifestar, las cuales me desestabilizaban y me perturbaban, logré
ponerme en pie de la cama y vestirme. Acto seguido, salí de casa y un suceso
extraño, de mal agüero diría yo, tuvo lugar. Tras girar a la derecha de mi
humilde morada, pude ver en el establo de la ya desaparecida familia
Berrycloth, a un grupo de chotacabras bebiendo la leche de las ubres de las dos
cabras que aún quedaban con vida. Instintivamente y casi sin fuerzas, debido a
la profusa fiebre, espanté a esos animales del diablo para que dejasen en paz a
las pobres cabras que aún quedaban con vida. O eso me pareció a mí. Cuando me
acerqué a ellas, pude ver como las cuencas de los ojos de éstas, estaban vacías
y llenas de gusanos. De un respingo me puse en pie y froté fuertemente mis
ojos. Fue entonces cuando el hedor me vino y supe que ya poco o nada en la
aldea se encontraba con vida. Salí de allí como pude y me dirigí a la salida de
la aldea, para ir tras ese enigmático canto que oí desde mi casa y que tanto me
llamaba en mi interior. Mientras caminaba torpemente, observé en toda la
esplanada del cielo, justo encima del oscuro bosque, una especie de luces muy
extrañas y coloridas las cuales se movían de forma titubeante. Esas luces no
eran de este mundo. De eso no tengo dudas. No estaban formadas por ningún
efecto de la noche, del sol, de la luna ni por nada conocido. Eran unas luces
que parecían tener vida propia. Como si las luces hablaran. Sí, las luces me
hablaban. Me hablaban en mi interior. Esas luces parecían como si formasen un
todo y a la vez una nada, estando en perfecta sincronización. Aún ahora,
mientras doy fe trabajosamente en este escrito, dudo de si fue una visión
creada por las fuertes fiebres.
Cuando
ya me encaminaba con un esfuerzo sobrehumano a la salida de la aldea, algo me
hizo quedar parado repentinamente, casi petrificado por el horror. Era un bulto
negruzco, amorfo, ciclópeo, medianamente grande, el cual estaba justo en el
camino de entrada que daba al bosque. Todo mi ser ardía y el sudor corría sin
control por mi cuerpo debido a aquella extraña fiebre que no cesaba. Me
restregué los ojos con las manos para espabilarme un poco y tras observar de
nuevo, ahora lo vi claro. Era ese hombre. El maldito hombre enjuto y alargado
vistiendo ese inusual traje con sombrero de copa y maletín en mano que aquel
día llegó a la aldea para maldecirla. De pronto, unas palabras secas y
profundas me taladraron los oídos:
-
Aún no… -.
Intenté
vociferarle algunas palabras, pero todo fue en vano. Todo se volvió negro de
repente. Me desmayé.
Días
más tarde, creo yo, desperté en mi casa, recostado sobre mi camastro. No tengo
ni idea de cómo diablos volví a ella. Las fiebres eran ya muy intensas y en mi
cuerpo, pude observar que se empezaban a crear unas pústulas de no muy buen
aspecto. Quise levantarme de la cama para buscar ayuda, pero de repente caí. A
estas alturas ya debería de ser el único ser vivo en toda Úkitah. Solo me
quedaba esperar a la parca… o eso creí yo en ese momento.
El
tiempo pasó y llegamos al día en que os estoy escribiendo este testimonio de fe
irrefutable. El cambio físico en mí es ya evidente. La carne humana ya no forma
parte de mí como tampoco sus huesos. La fiebre sigue estando, pero ya no es
dolorosa ni molesta. Es como si a través del cambio físico, la fiebre formase
ya parte de mí y a través de ella aprendiera. Y digo bien, mientras escribo en
mi viejo diario la última parte de este relato, mi sabiduría y mi consciencia
poco tienen ya que ver con la obsoleta forma de existencia que tenéis los seres
humanos. Ya no tengo dolor. Ya no tengo miedo. Ya no tengo preocupación hacia
un futuro desconocido. Ya no necesito realizar las necesidades básicas de un
cuerpo humano arcaico y desfasado. Ya no me duele mi mano al escribir en mi
diario porque, directamente, las letras aparecen escritas en la hoja sin
necesidad de tocar físicamente la pluma que estaba utilizando hasta ahora. Tan
solo necesito imaginar que escribo para que así sea. Mi mente ya no es
prisionera de este tiempo y lugar. Mi yo ya no se rige por vuestros erróneos y
anticuados principios físicos y matemáticos. Ahora he ido más allá. Ahora
conozco estrellas, galaxias y lugares que jamás, ni en mis más alocados sueños
de juventud, creí imaginar. Ahora conozco el idioma de los Ganameos, de los
K`gulag, de los blasfemos y peligrosos seres de la gran Thalirosia, de los
quisquillosos seres pigmeos de la baja Cilaki… Ahora soy un todo con los
universos, las galaxias y los espacios no euclidianos. Ahora sé la verdad sobre
los creadores de mundos. Ahora sé la verdad sobre aquel al que llamáis Dios en
la tierra...
Aquí
os he regalado la verdad más absoluta, como testimonio por escrito de algo
colosal y majestuoso venido de una sabiduría de eones, mientras ya salgo de la
que era mi casa reptando, dejando tras de mí ese rastro de babas azules y
verdosas. Mis hermanos, mis iguales, los que antes eran mis vecinos y los de
más allá de todo tiempo y espacio me están llamando a reunión en el bosque.
Cada segundo que pasa, cada partícula de mi ser se une más y más con el todo.
Ahora sé, sin necesidad de preguntar. Ahora sé quién es el extraño hombre que
nos visitó en la aldea. Sólo os diré una cosa. No lo temáis, pues él es el
camino hacia el conocimiento infinito, orgásmico y total. ¡Él es la llave que
abre toda puerta! ¡Él es el que dota! ¡Él es el que regala conocimiento! ¡Él es
el que modela la vida! ¡Él es el que crea a su imagen y semejanza! ¡Él es
Gastatoth, el Dios de las formas!
martes, 30 de abril de 2024
La dama roja
“Historia basada en el folclore
popular de la ciudad de N`kithai, región de Tokoth”
La insólita historia que os voy a narrar me fue
revelada una noche mientras reponía fuerzas en una pequeña, hedionda,
herrumbrosa y dejada taberna de la ciudad de N`kithai. Como digo, mientras
comía y bebía algo decente, una persona de extraños ropajes entró al local y
preguntó al tabernero. Enseguida, este señaló hacia mi mesa de mala gana,
mientras seguía secando con un sucio trapo un vaso ya opaco de tanto uso. El
extraño se giró y empezó a andar hacia mi dirección nerviosamente. Cogí la
jarra y la levanté para dar un gran trago a sabiendas de lo que me esperaba.
Cuando el hombre llegó a la altura de mi mesa, me pidió con excelsa educación
si podía tomar asiento junto a mí. Con la misma educación, le dije mediante un
gesto que por supuesto. El hombre era ya anciano, de cabellos largos,
grasientos y plateados. Tenía también una prominente barba gris y, a pesar de
su avanzada edad, poseía un gran porte. Iba vestido con grandes galas que, sin
duda alguna, vivieron tiempos mejores. Sus ropas raídas y, en ciertas partes
hechas jirones, así lo testificaban.
El anciano no se presentó. Tan solo me dijo que venía
a contarme una historia. Una historia muy importante que debía ser revelada.
Volví a levantar mi enorme jarra de cerveza para refrescarme el gaznate
mientras lo miraba con incredulidad. Tan solo una palabra salió de mi boca al
tiempo que la jarra volvió a tocar la mesa:
- Adelante… -.
Antes de empezar con el relato me exigió que lo
hiciera público, así que tal como salió de sus labios lo cuento:
“Hace mucho tiempo, varias décadas tal vez, vivió en
estas tierras una preciosa niña de pelo anaranjado, de piel blanca y de pecas
multitudinarias. La chica era muy alegre y querida en el pueblo. De familia
humilde, siempre acató y sirvió a sus padres en los quehaceres diarios. Era una
niña obediente y servicial que siempre ayudaba, en la medida de sus
posibilidades, a todo aquel vecino que la requiriese. La peculiaridad de ella,
no era su forma de ser agradable, tierna y dedicada, no, era su singular forma
de vestir. Siempre se la conoció con una larga capa roja con capucha. La
verdad, es que le sentaba estupendamente y, hacía resaltar más aún, sus
anaranjados cabellos.
Una fría mañana de invierno, mientras recogía agua del
mismo río que hoy cruza este pueblo, vio pasar una comitiva muy llamativa. Casi
sin que le diese tiempo a levantarse, grandes caballos con jinetes de ropajes
bordados y en diferentes colores pasaron por delante de ella. Sus grandes
banderas y estandartes no dejaron duda de a quién pertenecía aquel cortejo. Era
de la familia Real de N`kithai. Grandes cuernos sonaron a su paso y redobles de
tambores retumbaron en su pequeña barriga. Nerviosa y sorprendida a partes
iguales, la pequeña empezó a saludar a tan excelsa comitiva. Pero, amigo mío,
juguetón y travieso es el amor. Detrás de dos grandes corceles grises cuyos
jinetes blandían grandes pendones, apareció el Rey y, junto a él, su hijo, el
joven príncipe. Una sola mirada, una simple mirada inocente y despreocupada
hizo que esas dos jóvenes almas quedasen prendadas. La niña bajó de inmediato
la vista transformando sus blancas mejillas en dos fuegos ardientes por la
vergüenza. El joven príncipe, siguió cabalgando sin dejar de mirarla.
Los días, semanas, meses y años pasaron y la vida
siguió como si nada. Hasta que un día, un extraño muy bien vestido golpeó la
destartalada puerta de la mujer pelirroja. Ella abrió la puerta y el hombre le
entregó una misiva.
- ¿Quién era cariño? -. Preguntó una voz anciana.
- No lo sé. Un extraño ha traído esta carta a casa -.
Le contestó la chica.
- ¡Ábrela y léela querida! ¡Tiene el sello real! -.
Aclaró su madre.
La mujer de cabello anaranjado leía
con ojos vivarachos y exaltados la carta cuando, de pronto, la dejó caer. Los
días transcurrieron en una vorágine de idas y venidas a palacio, reuniones con
diferentes personalidades, toma de medidas y de sastres y, en definitiva, todo
lo que tiene que ver con ¡una boda! El príncipe, durante estos años de madurez
no pudo jamás olvidar a la extraña niña de capa roja que vio a la orilla del
rio. Muchas fueron las riñas y peleas con su padre y su madre, los cuales no
quisieron que se casase jamás con una plebeya. Ellos decían que no se podía
unir en matrimonio a una vulgar campesina porque, ¿qué clase de descendencia
tendría junto a ella?
Fuese como
fuese, heredero por
derecho, jamás la olvidó y siempre lo tuvo claro. Ella, y nada más que ella
sería la que tendría a sus futuros hijos. Ella sería su esposa. Y así fue. Un
domingo resplandeciente de abril, se produjo el tan ansiado enlace. Todo fueron
risas y bailes. Alegría y
disfrute. Jolgorio y excesos en ese señalado día. Todo fue como un sueño para
los contrayentes.
El tiempo pasó y con la muerte del rey padre, el joven
príncipe tomó posesión de su nuevo cargo: ¡Rey! Pero una nube negra se posó
sobre el joven matrimonio y su nueva vida como reyes de N`kithai. Aunque lo
intentaron de múltiples maneras, la bendición de aquella unión, nunca llegó. La
ansiada venida de un hijo, de un heredero real, nunca tuvo lugar. Fueron a
sanadores y a curanderos foráneos de otras tierras pidiendo ayuda, pero solo
obtuvieron la misma respuesta de siempre: la dama roja no podría jamás concebir.
Pasaron algunos años. Años oscuros y de tristeza. Se
hablaba por toda N`kithai de que el matrimonio real hacía tiempo que estaba
muerto y, una fría noche de últimos de octubre, tuvo lugar el suceso. Según se
dice, el rey, en un arrebato de locura total por no poder tener descendencia,
cogió su estoque y lo clavó violentamente en las tripas de su amada, tras una
acalorada discusión entre ambos. Después, rasgó hacia los lados su blanca
barriga hasta dejar caer sus vísceras al suelo. Estando ya ella de rodillas e
intentando volver a metérselas para sus adentros, el enloquecido rey cogió un
tramo del intestino delgado, se lo pasó por el cuello de ella y comenzó a
estrangularla. Mientras agonizaba y esputaba coágulos de sangre por su boca en
busca de una brizna de aire que llevar a sus encharcados pulmones para mantener
la escurridiza vida, el malvado rey le dijo:
- Ahora, ahora sí que eres la dama roja… -. Le susurró
al oído del mancillado cuerpo allí arrodillado que una vez fue su mujer.
Hubo, cómo no,
un sepelio real con todo lo que eso conllevaba. El pueblo entero fue
a dar el último adiós a la querida reina difunta y a mostrarle sus respetos. Lo
que nunca se supo fue la forma en que murió verdaderamente. Desde palacio, se
hizo saber a todos los ciudadanos de N`kithai, por medio de un bando
informativo, que la muerte de la joven reina había sido un trágico
acontecimiento. Un acto donde ella, al no poder concebir, se quitó la vida.
Nunca, el maldito joven rey, tuvo las agallas ni el valor de contar la verdad.
Ni siquiera a sus más allegados”.
- ¿Sabe, joven? Solo hay un poder en el mundo que
logre vencer a la mismísima muerte. Y no, no es el amor… sino, ¡la venganza! -.
Exclamó raramente el viejo que me estaba contando aquella peculiar historia
antes de levantarse y salir de la taberna dando tumbos mientras jadeaba
extrañamente.
Pues eso es todo. Hasta aquí reza el relato que me
contó ese viejo loco. Extraño cuanto menos. La verdad, es que no le hice mucho
caso. De todas formas, aquel anciano habría perdido la cabeza. Aquel maldito
anciano me contó aquella extraña historia a mí, lo mismo que se la podría haber
contado a cualquiera de los allí presentes. O eso creí en ese momento.
Tras acabar mi cena, me levanté de la mesa y dejé
sobre ella dos pekures y medio. Dinero de sobra para complacer al gordo
tabernero. Antes de salir a la calle, me abrigué con mi capa y me propuse a
salir del destartalado establecimiento. Giré a la derecha y me dirigí a coger
mi caballo. Tras montarlo y golpear con suavidad sus costados con mis espuelas,
emprendí de nuevo mi viaje. El extraño relato que me había narrado aquel
anciano me empezó a rondar por la cabeza. La soledad de la noche, junto con sus
característicos sonidos, hicieron bien su trabajo. Miraba a derecha e
izquierda, inquieto, y sin darme cuenta apreté el paso. Mi caballo trotaba ya
con alegría cuando me dirigí a bordear, curiosamente, el río de la maldita
historia. El río donde, por primera vez, se vieron el joven príncipe y la niña
de cabellos anaranjados. Extraña y repentinamente, el caballo se paró en seco y
empezó a dar tumbos. Traté de controlarlo, pero fue en vano. Sin esperarlo se
alzó y me dejó caer al suelo. Tras quitarme el barro de la cara, busqué ansioso
al corcel, pero no lo divisé:
-Seguramente, habrá corrido río abajo. Fantástico… -.
Maldije para mis adentros.
Me levanté y me limpié como pude y empecé a caminar,
río abajo, en busca del caballo. Pero algo llamó mi atención. De repente y sin
que me hubiese dado cuenta antes, una extraña niebla se formó en un punto
específico del camino junto al río. No seguía las leyes normales de la
naturaleza. Como acto reflejo, me agaché y me escondí detrás de un pequeño
matorral situado a unos treinta pasos de la inusual bruma. En escasos segundos,
una dulce canción empezó a sonar. Al principio me pareció el sonido del viento
al soplar, pero poco a poco empezó a cambiar, indudablemente, al canto
lastimero de una joven mujer. La niebla, antes blanquecina y dispersa, empezó a
tornarse rosada hasta llegar a ser de color
rojo, y transformándose sin duda alguna, en una figura con capa y capucha. De
ella, una cadavérica mano apareció y señaló sin titubeos un lugar específico.
Acto seguido y solo tras haber desaparecido aquella fantasmagórica aparición,
me dirigí al punto donde había señalado sin saber muy bien por qué. Era noche
cerrada, fría y volvía a lloviznar por lo que me costó un poco divisar lo que
me había señalado aquella cosa. Lentamente fui hacia un bulto extraño en la
noche. Caminaba trabajosamente hacia él, debido a la gran cantidad de barro que
empezaba a acumularse en mis botas, y una vez llegué a su altura extendí mi
mano izquierda para alcanzarlo. Aun sin ver nada, pude palpar algo caliente y
blanquecino y al mismo tiempo gelatinoso. De pronto y sin esperarlo, un gran
trueno iluminó todo aquel lugar permitiendo durante tan solo escasos segundos
una visión perfecta. Pero no hizo falta ni un segundo más. Lo vi perfectamente.
¡Era aquel extraño anciano que momentos antes me había contado aquella insólita
historia! ¡Se encontraba de rodillas, con la cabeza baja dando con su barbilla
en el pecho, con la barriga abierta de par en par y estrangulado con sus
propias tripas! Como pude, retrocedí torpemente y volví a caer a la tierra
embarrada. Las botas me pesaban quintales. A lo lejos, pude divisar al maldito
caballo. Corrí y corrí trabajosamente hacia él y una vez que estuvo a mi
altura, monté y salí de allí sin mirar atrás.
Muchos años han pasado ya de esta vivencia que ahora
hago pública como me ordenó hacer aquel desgraciado anciano al que ahora puedo
llamarle rey. Me da igual si me creen o no. Hago lo que él me dijo que hiciese
y así lo seguiré haciendo. Algunos me llaman loco; otros, mentiroso pero,
¿acaso una mentira vive para siempre? A día de hoy, y han pasado muchas décadas
ya desde aquel suceso, no he podido quitar de mi mano izquierda, aunque lo he
intentado de múltiples maneras, lo que es sin duda el testimonio de veracidad
más fehaciente: ¡la sangre de las vísceras del anciano rey que la dama roja, en
venganza, derramó!


